Un amigo y varias cervezas

Un parque como escenario.  No son más de las seis de la tarde, pero ahí estamos. Cada uno con su cerveza en la mano. La música del móvil suena como fondo de una situación necesaria. ¿Quién no necesita desahogarse? ¿Quién no necesita contarle TODO a un AMIGO? Sí, amigo. Esa persona que está siempre ahí, en la buenas y la malas.

El litro de cerveza va disminuyendo. No hay secretos. La historia de la primera vez que te  enamoraste no puede fallar. Melancolía, esa tristeza vaga y sosegada basada en buenos recuerdos se apodera de mí y de él. ¡Qué buenos ratos vividos! Pienso mientras doy otro sorbo. Nos acordamos de los momentazos del año pasado, la risa es inevitable a la vez que incomprensible para el resto. Son nuestros momentos.

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“A veces llega el momento en que te haces viejo…” Se me ilumina el rostro de repente, y no es para menos. Suena mi canción favorita. Suena la Senda del tiempo de Celtas Cortos. Me gusta su letra. Me gusta su música. Pero sobre todo me gusta todos los buenos recuerdos que me trae a la mente, son tantos…

La primera litrona, la dejamos a un lado. Y al momento abrimos la siguiente. Pensamos en el futuro. ¿Qué será de nosotros? ¿Seguiremos siendo amigos? ¿A qué nos dedicaremos? Y un sin fin de preguntas rondan nuestra cabeza sin llegar a salir por la boca. Es complicado responder, pero es fácil soñar. Soñamos porque tenemos esperanza, soñamos porque en definitiva somos jóvenes.

Momentos de silencio se alternan entre esas historias que nunca contarías en público. No soy ningún genio, pero tengo una teoría. La confianza entre dos personas de verdad existe cuando te da completamente igual que haya esos espacios en blanco, espacios en completo silencio en los que ninguno de los dos habla. ¡Y qué podía esperar! Si estoy con un amigo.

Pelicula-amigos-630x350El sol empieza a descender, casi tan rápido como la cerveza que tengo en las manos. Fumo en contadas ocasiones, y esta es una de ellas. No puedo decir que no a un cigarro en semejante situación. Como consecuencia directa de la birra, a un buen amigo escribo. Le digo que es un genio, que le admiró y que le quiero.  Me contesta al instante: “jajaja vas borracho o qué? Yo también cabrón”.

No hay reproches, sólo buenas palabras. Estamos ahí para disfrutar. No sé muy bien lo que pasa, parece que es el aire el que se lleva todo lo que nos inquieta por dentro. Lo único lo que nos preocupa es en qué árbol evacuar. Lo demás son risas y buenos recuerdos.

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Esta es una pequeña anécdota de mi vida. Una historia con un buen amigo. Y por ella me siento agraciado. Agraciado de tenerle a él y más amigos. Que sé que nunca me fallarán y me proporcionarán momentos como este.

El soñador despierto

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Reflexiones un sábado cualquiera

Me dispuse a dar mi habitual paseo semanal por Central Park. Aquella mañana se respiraba un aire diferente, el sol brillaba con fuerza y los Knicks volvían a ganar. Cogí un termo de café, compré el New York Times y me senté en mi banco favorito de todo Manhattan, frente al lago de Central Park.

Cuando fui a pasar la primera página del periódico, no pude evadirme de lo que ocurría a mi alrededor. Levanté la vista y me inunde de aquella atmósfera tan romántica que, como si de una plaga se tratase, invadía el parque. Parejas felices cogidas de la mano, abrazándose, besándose, compartiendo momentos que yo añoraba.

Después de observar el panorama y quizás un tanto atosigado por la situación sentimental que estaba atravesando, no pude evitar hacer un repaso de mis numerosos naufragios sentimentales: Kate Peterson, Samantha Fisherman, Lilliam Granger, Alison Lewinsky… Eran solo algunas de mi amplia lista de fracasos.

Kate Peterson, animadora. Estuvimos locamente enamorados durante un año. Yo no era capaz de comprender cómo aquella chica con sonrisa perfecta y silueta de diosa, podía estar con un chico como yo: bajito, enclenque y con una incontrolable obsesión por las pajaritas.

Tenía muchos motivos para amarla, pero también bastantes para odiarla. La última vez que nos quisimos por “mutuo acuerdo”, me dijo sentados en una terraza a la luz de las velas: “A mí el físico me da igual, lo que verdaderamente me importa es el interior”. Pero cuando dijo interior, debió referirse a aquel quarterback de Stanford con el que se fue a vivir semanas más tarde. Aquel desengaño sentimental cambió mi vida por completo.

Samantha Fisherman, capitana del equipo de waterpolo femenino en Cornell University. Tuve que deshacerme de un armario sueco de 200 x 240 x 67 que tenía en mi dormitorio, porque me recordaba demasiado a ella.

Todavía recuerdo con dolor el último día que nos vimos. Sentada en mi regazo me repetía una y otra vez que sabía que yo estaba perdidamente enamorado de ella: “No quiero verte sufrir, ni romperte el corazón…”, me decía. A lo que yo, en un alarde de originalidad incontenible, sumado al día pésimo que había tenido, le respondí: “Lo único que me vas a romper son las rodillas si sigues mucho tiempo sentada ahí”. Reconozco que el guantazo aquí estuvo plenamente justificado, a día de hoy me sigue doliendo.

Lilliam Granger, licenciada en psicología por la Universidad de Pittsburgh. Era una chica extremadamente meticulosa, cuidaba mucho los detalles, todo tenía que salir siempre perfecto. Aún estoy convencido de que no me miraba, me observaba.

Me sometía a verdaderos interrogatorios en los que era víctima de un psicoanálisis sin ningún tipo de tregua: ¿Dónde estuviste anoche, cariño? Yo tenía una coartada perfecta, de hecho estoy seguro de que si aquella noche hubiese cometido un crimen, ni el FBI lo habría descubierto. Pero ella respondía: “¡Mentira! ¡Has mirado arriba a la derecha cuando me lo has dicho! ¡Eso significa que me estás engañando!” Y ya teníamos horas y horas de absurda discusión.

Aún no me he podido quitar de la cabeza el día que me llevó a cenar a casa de sus padres… Yo sabía que aquello no podía salir bien. Su padre era un ex marine que había combatido en Vietnam. Se quejaba airadamente de lo desagradecida que había sido nuestra generación con los soldados que lucharon en aquella guerra, y que habían dado su vida por la patria.

Yo me pasé toda la cena intentando desviar la conversación hacia otros temas que sacaba aleatoriamente, mientras deseaba con todas mis fuerzas que un cometa se estrellase allí cuanto antes: “Pues me parece que este año los Knicks van a hacer una gran temporada”, pero un silencio atronador recorrió el salón hasta que me dijo: “Muchacho, odio el baloncesto”.

En ese momento sentí un escalofrío, pero me repuse rápidamente del golpe, diciendo que la comida estaba buenísima y halagando lo bien que cocinaba la Sra Granger: “Menuda suerte que tu madre cocine tan bien Lilliam” a lo que ésta respondió: “No lo he cocinado yo, ha sido mi marido”. Todavía tengo pesadillas por el posterior cruce de miradas con el Sr Granger tras ese comentario.

Dos meses después se fueron a vivir a California y Lilliam y yo rompimos todo contacto.

Alison Lewinsky, mi compañera de piso el último año de universidad y quizás la chica más importante que he conocido en mi vida. Estudiaba Artes y Ciencias Liberales en la Universidad de Columbia y amaba la naturaleza. No era excesivamente guapa para muchos, pero era espectacular para mí. Estoy seguro de que si existiera un aparato para medir el cariño que sentía hacia ella, no hubiese tenido números para determinarlo. Tenía la sensación de que cuando estaba con ella todo era más fácil.

Yo intentaba disimularlo, pero era inútil. Creo que jamás había hecho tantas tonterías por nadie, lo peor es que habría seguido hasta el fin del mundo. Cuando se despidió, después de pasar juntos la mejor noche que recuerdo, me dijo las cuatro palabras más dolorosas que existen en nuestro idioma: “Te quiero como amigo” y no he vuelto a saber nada de ella desde entonces.

Nunca he sido de buscar culpables en estos casos porque no los hay. Como dijo Stendhal: “El amor es como la fiebre, nace y se extingue sin que la voluntad tome la menor parte en ello”.

Una persona resentida se intoxica a sí misma, porque el odio envenena, es una emoción incendiaria que destruye la capacidad de actuar con dignidad y excelencia.

Desde luego, motivos no me faltan para amar o para odiar a cada una de las mujeres que han pasado hasta ahora por mi vida. Pero yo no quiero odiarlas, prefiero amarlas porque todas ellas han conseguido sacar lo mejor de mí.

The Great Pretender

Para los supervivientes

Es el final del verano. Un drama, lo sé. Se acabaron las cenas en terrazas junto a piernas al aire. Se acabaron las copas con largas conversaciones sobre política exterior y fútbol nacional. Se acabaron los baños nocturnos en el mar. Se acabaron los cigarros compartidos mientras amanece y el guitarreo mientras atardece.

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Pero bueno, todo pasa y todo vuelve supongo. Asimilemos todo lo que hemos aprendido en la época de los sentimientos (por mucho que alguien les cuente historias sobre la primavera, esto es así) y preparémonos para el invierno. Disfrutemos, también, de su escalón previo: el otoño.

 “Otoño en Nueva York, huele a lápiz”, decían en una película de Tom Hanks que me encanta. Sí, me encanta, aunque la gente me mire raro por ello. Los madrileños no sabemos mucho sobre el otoño, pero disfrutaremos de los nueve o diez días de duración que tiene la estación en la capital.

 Y es que no todo es drama, señores. Vuelven las gafas de pasta, los fulares y las boinas francesas. Vuelven los Arctic con un disco que ya tiene su rincón en la Historia de la música. Volveremos a disfrutar de otros mil conciertos, incluido el de Quique González en Diciembre al que espero que me acompañen. Seguramente Zahara volverá a dar otros tantos y sí, los Stones seguirán juntos. Además, vuelve el profeta, vuelve Dylan (porque si el lector es lo suficientemente fan del de Duluth no tendrá tapujos en reconocerme que se le escucha, e incluso se le entiende, mucho mejor con frío).

Los rockeros nos volveremos a enfundar nuestros botines y chupas de cuero y los dandys sus americanas. Todo sigue su curso. Nos volveremos a enamorar de las medias y a componerle canciones a chicas que conocimos en bares de carretera.

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 Y es que me encuentro pensando todo esto cuando es tarde,quizás demasiado. Mi cuarto, que ya habitualmente cuenta con poca iluminación, está ahora iluminado únicamente por la luz que desprende mi mechero. Me enciendo mi cigarro preferido (el de antes de acostarme) y pongo una canción (como a mí me gusta). El aleatorio de mi reproductor, que como un día un gran amigo me dijo: “es lo más parecido al destino que conozco”, decide que suene No se qué hacer contigo de Pereza.

 Quiero que le dediquemos todos un momento a pensar en todas esas personas que nos acompañarán este invierno. Porque junto a ellos todo lo que se ha ido no importa y sin ellos nada de lo que viene importaría.

 Porque estoy escuchando esta canción y recuerdo aquel concierto en el Palacio de los deportes en el que habíamos fumado demasiado. Recuerdo esas noches haciendo rock and roll y esas tardes con gafas de sol. Esas copas que terminan en lo que Alex Turner llamaría “drunk messages”. Las medias pasarán, las espaldas al aire, las botas de cuero, pero vosotros no.

Porque llegaremos y nos dirán: ¿Oye dónde vas cabrón?¿Dónde te has metido? Y podremos responder: Te aseguro que no he estao de más, que no he perdido el tiempo.

 Preparémonos, que no todo es tan malo.

Robert Allen